Por fín había llegado a Grécia, un país al que tenía en mi lista para ver con entusiasmo, y sabéis qué? no me gustó para nada. A veces ocurre, nuestras expectativas son altas y te encuentras con algo completamente diferente a lo que esperas. Quizás es solamente la própia experiencia de uno mismo, todo me salió de tal manera para que no me gustara, tampoco me malinterpretéis, todo no, solo la parte social. La gente de Atenas por provenir de la cuna de la filosofía esperaba que fueran más interesados en esa materia pero me parecieron bastante bordes y que solo te miraban por tu dinero. Las calles de Atenas estaban llenas de vagabundos y sentías el peligro en muchas calles. Por suerte encontré un buen sitio para dormir con vistas al Acrópolis de Atenas. También encontré una buena oferta para pasar un día en Santorini, una de las zonas por obligación a visitar si sales de viaje a Atenas, en ese momento podía permitirme gastar un poco más de dinero en algo que si no lo hacia posiblemente me iba a arrepentir por no ir nunca.

Disfruté del recorrido de Salónica hasta Alejandrópolis ya que fueron momentos donde la parte social volvió a sonreirme… y es que amigos mios, para mi vale más una sonrisa de las personas que la sonrisa del atardecer en el mar.

Después de pedalear hasta Alejandrópolis llegué a la frontera con Turquía, miré hacia atrás tal y como hice cuando llegué a la frontera de España con Francia pensando que esto es otro punto de inflexión donde dejo atrás un continente para conocer otro.

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